Lo que debía ser una despedida solemne se convirtió en una pesadilla que una familia jamás podrá olvidar. Durante el funeral de Joey Espinoza, un hombre de 44 años que falleció por insuficiencia cardíaca, sus seres queridos fueron golpeados con un error imperdonable: la funeraria entregó un cadáver que no era el suyo.
La ceremonia, cargada de dolor, dio un giro macabro cuando Laura Levario, tía del fallecido, se acercó al ataúd y notó algo alarmante: el cuerpo dentro no era Joey. “Me di cuenta de inmediato. No era él, ni siquiera era el ataúd que elegimos. Fue una escena de horror”, relató entre lágrimas.
La confusión escaló rápidamente. El personal de la funeraria los condujo a otra sala para intentar enmendar el error, pero el cuerpo que mostraron nuevamente no correspondía a Espinoza. Más de una hora de angustia, incertidumbre y desinformación detonaron una tragedia aún mayor: George Levario, esposo de Laura, colapsó en plena capilla. Sufrió un infarto fulminante y fue trasladado de urgencia, con soporte vital, al hospital.
“Ella me dijo que me desplomé. Desperté tres días después en un hospital, conectado a máquinas. Pensé que estaba soñando… pero era real. La peor experiencia de nuestras vidas”, expresó George, aún con la voz quebrada por lo vivido.
La familia, devastada, había invertido cerca de 20 mil dólares en el servicio funerario. Pero tras el “error de programación” —como lo calificó la empresa— solo recibieron una oferta de compensación de 200 dólares. Una suma que consideraron insultante ante el nivel de negligencia y trauma causado.
Ahora, enfrentan una nueva batalla: una demanda por negligencia y angustia emocional contra la funeraria, exigiendo justicia por el trato inhumano recibido en el peor momento de sus vidas.
Lo que comenzó como una ceremonia de despedida terminó en caos, dolor e indignación. Una familia que solo buscaba dar el último adiós, terminó sumida en una doble tragedia que podría haberse evitado.


