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¿Dónde está mi Papá?

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RIGORES, Colón. El silencio que hoy envuelve al asentamiento campesino de Rigores, en Trujillo, Colón, ya no corresponde al murmullo del viento entre las fincas de palma ni a la calma habitual del campo al caer la tarde. Es un silencio profundo, desgarrador e imposible de consolar, marcado por la pérdida de 20 vidas en una de las masacres más trágicas registradas en la historia de esta región.

Las puertas permanecen entreabiertas y, en muchos hogares, ya no volverá a escucharse el sonido de las motocicletas al final de la jornada ni las voces de los hombres que cada madrugada salían a trabajar la tierra para sostener a sus familias.

Hoy quedan los niños. Niños que preguntan por padres que jamás regresarán. Niños que observan a sus abuelos intentar contener el dolor mientras buscan, en medio de la incertidumbre y la violencia, la manera de reconstruir hogares profundamente golpeados por la tragedia.

Tras la masacre, decenas de menores quedaron bajo el cuidado de adultos mayores que creían haber concluido su etapa de crianza.

Hoy deben comenzar nuevamente, enfrentando la adversidad sin fuerzas, con recursos limitados y bajo un clima de temor que se ha instalado en cada rincón del asentamiento.

“¿Cómo vamos a salir adelante ahora?”, expresó una anciana mientras sostenía de la mano a dos niños que perdieron a su padre. Su voz, apenas perceptible, se confundía entre el murmullo de otras familias que continúan esperando una respuesta del Estado que aún no llega.

Rigores, históricamente marcado por conflictos agrarios y disputas por la tierra, jamás había sido escenario de un hecho de violencia tan cruel y devastador en sus décadas de existencia.

Mientras las investigaciones continúan avanzando, en Rigores quedan niños creciendo entre la ausencia y el miedo, así como abuelos exhaustos que luchan por evitar que la tragedia termine de destruir lo poco que aún permanece en pie.

Rigores llora en silencio: 20 personas asesinadas, niños que quedaron sin padre y adultos mayores obligados a comenzar de nuevo en medio de la pobreza, el dolor y la incertidumbre.

La masacre que estremeció a Trujillo, Colón, dejó tras de sí una silenciosa emergencia humanitaria: hogares desintegrados, menores que siguen preguntando por sus padres y ancianos que, cuando creían haber concluido su etapa de crianza, se vieron forzados a asumir nuevamente la responsabilidad de sacar adelante a sus familias.