RIGORES, Colón. El silencio que hoy envuelve al asentamiento campesino de Rigores, en Trujillo, Colón, ya no corresponde al murmullo del viento entre las fincas de palma ni a la calma habitual del campo al caer la tarde. Es un silencio profundo, desgarrador e imposible de consolar, marcado por la pérdida de 20 vidas en una de las masacres más trágicas registradas en la historia de esta región.
Las puertas permanecen entreabiertas y, en muchos hogares, ya no volverá a escucharse el sonido de las motocicletas al final de la jornada ni las voces de los hombres que cada madrugada salían a trabajar la tierra para sostener a sus familias.
Hoy quedan los niños. Niños que preguntan por padres que jamás regresarán. Niños que observan a sus abuelos intentar contener el dolor mientras buscan, en medio de la incertidumbre y la violencia, la manera de reconstruir hogares profundamente golpeados por la tragedia.



