Luis Enrique alcanzó su tercera final de Champions, la segunda consecutiva con el PSG, para demostrar que ha descifrado el truco de esta competición. Más que resolverlo, parece tenerlo en su mano. Siempre presumiendo de equipo más fuerte, siempre mostrando confianza en la temible eliminatoria contra el Bayern.

Si en la ida llevó el choque a una locura en la que sabía que respondería, en la vuelta cerró el grifo y los espacios para optar por la defensa del botín. El asturiano es el líder de un PSG que en la eliminatoria estrella, la del presumible campeón, demostró por qué jugaban con la corona puesta.
Sin el palé de palomitas que consumió el choque de París, pero con grandes dosis de inteligencia, el campeón opta a convertir ante el Arsenal su reinado en imperio. Temía Luis Enrique una vuelta que otra vez se jugara en un campo tan grande como el de Oliver y Benji. Y la mejor manera de que las balas del Bayern no corran es reducir al mínimo el césped. Proyectó perfectos dos contra uno, pidió a sus jugadores un derroche físico que ellos le regalaron con obediencia marcial y confió en que en alguna fuga castigaran el alma kamikaze de los alemanes. Dicho y hecho.
Y todo ello sublimado porque a los tres minutos el aguijón de Dembélé hizo el 0-1. Kvaratskhelia, eso sí, le robó muchos planos en las repeticiones, pues tiró una pared deliciosa con Fabián para abrir una autopista por la izquierda. Y otra vez la eficacia para empujar a los galos hacia Budapest.
El Bayern, bajo los rugidos de un Allianz imponente, fue a remolque siempre, pero más emocional y táctico que incluso en el marcador. Acostumbrado toda la temporada a que la inspiración le visita antes o después, esta vez no lo hizo; las musas estaban oyendo los cantos de un Luis Enrique al que no le tembló el pulso para quedarse incluso sin delantero y apuntalar el enorme despliegue defensivo perpetrado en Múnich.
A los de Kompany les faltó encontrar ese gol que les hubiera renovado los pulmones y la fe. Llegó cuando la historia ya serigrafiaba el nombre del PSG en el historial de las finales. Con solo unos segundos para testar si el miedo visitaba a los franceses. Ese que no conoce Luis Enrique.


