Cientos de migrantes desaparecen cada año en su camino hacia Estados Unidos, víctimas de la violencia, de traficantes sin escrúpulos y de condiciones extremas. Para muchas familias, no poder recuperar el cuerpo de un ser querido significa un duelo que nunca se cierra, una angustia constante por no saber si está vivo o muerto. Juana González, de Guatemala, busca desde hace más de una década a su hermano, desaparecido en la frontera después de iniciar su viaje. Cada llamada interrumpida, cada mensaje que no llega, alimenta la incertidumbre y el miedo que acompaña a tantas familias en América Central.
Los datos muestran que desde 2014 más de 11.400 personas han muerto o desaparecido en rutas migratorias, la mayoría en la frontera entre México y Estados Unidos. Las causas van desde la falta de alimentos, agua y refugio, hasta ahogamientos, accidentes de transporte y la violencia directa. La desesperación de los migrantes se mezcla con la presión de los traficantes, que exigen grandes sumas de dinero para continuar el trayecto, como le ocurrió al hermano de Juana, cuya última llamada terminó en silencio.
Organizaciones en Guatemala, Honduras y El Salvador acompañan a las familias en la búsqueda y ofrecen apoyo psicológico, enseñándoles a vivir con la ausencia y el dolor ambiguo de no saber qué pasó con sus seres queridos. Para quienes logran recuperar un cuerpo, el duelo implica enfrentar culpas y recuerdos, mientras que para quienes no, la incertidumbre sigue marcando cada día, recordando que detrás de cada cifra hay una historia de esperanza y tragedia que no termina.



