Venezuela vive entre la calma y la tensión: indiferencia en las calles tras el arribo del portaaviones estadounidense al Caribe

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Mientras el imponente portaaviones USS Gerald R. Ford surca el Caribe con miles de marineros y aeronaves de combate, en Venezuela la vida sigue su curso con una mezcla de resignación y rutina. Ni los mercados se vaciaron ni las escuelas cerraron: el país parece mirar de reojo el despliegue militar más grande de Estados Unidos en la región en años, al que el Gobierno de Nicolás Maduro califica como una “amenaza imperial”.

En las calles de Caracas, el ruido de los autos y los vendedores ambulantes ahoga cualquier conversación sobre la presencia del gigante naval estadounidense. “Todo se ve normal, pero sí hay miedo”, confiesa Dora García, pensionada de 69 años, cuya pensión no alcanza ni para pagar un pasaje de autobús. “Antes se podía vivir mejor, ahora apenas se sobrevive”, lamenta mientras observa a los transeúntes en la Plaza La Candelaria.

Las prioridades, coinciden muchos, son otras: el costo de la vida, los precios que suben cada semana y la incertidumbre económica que golpea a millones. “No pienso mucho en eso del portaaviones; bastante tengo con hacer rendir mi sueldo”, dice Evelyn Rojas, contadora caraqueña que ya descarta una Navidad como la del año pasado.

A pesar del ambiente tenso en la esfera política, la rutina cultural continúa. La Feria del Libro de Caracas mantiene sus actividades, y en Maracaibo, las celebraciones en honor a la Virgen de Chiquinquirá siguen convocando multitudes.

Sin embargo, el contraste es evidente: mientras el Gobierno anuncia la movilización de 200.000 efectivos y maniobras militares “para enfrentar amenazas extranjeras”, el ciudadano común parece más preocupado por llenar la nevera que por una guerra. En Venezuela, la calma aparente se mezcla con un silencio denso, el de un pueblo que ha aprendido a sobrevivir incluso cuando el peligro acecha desde el mar.