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Ramón Matta: el capo hondureño que ni muerto deja de ser “sujeto de interés” para EE. UU.

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Ni los años tras las rejas, ni su muerte lograron borrar el nombre de Ramón Matta del Pozo de los archivos del gobierno estadounidense. Investigadores de agencias norteamericanas aseguran que el hondureño, acusado de participar en la brutal tortura y asesinato del agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena, sigue siendo un caso de estudio y una figura “de interés permanente” en los círculos de inteligencia de los Estados Unidos.

Matta fue arrestado en Honduras por la DEA en los años ochenta y extraditado de forma relámpago a territorio estadounidense, donde terminó condenado a 12 cadenas perpetuas por narcotráfico y vínculos con los temidos carteles de Guadalajara y Medellín. Su nombre, sin embargo, jamás fue olvidado.

Exagentes y analistas del crimen organizado aseguran que su historia dejó cicatrices profundas en las agencias norteamericanas, que lo consideran pieza clave para entender cómo el narcotráfico se apoderó de Centroamérica. “Aunque esté muerto, su caso sigue siendo material de entrenamiento para nuevos investigadores”, admitió un exfuncionario.

Los expertos revelan que Honduras y Guatemala siguen siendo puntos neurálgicos del tráfico ilícito, territorios donde el fantasma de Matta aún sirve de referencia para explicar la evolución del crimen organizado. “Su figura fue la de un capo que se movía como un Robin Hood para algunos, pero con conexiones que estremecieron al continente”, señaló una fuente ligada a los análisis de inteligencia.

Incluso, décadas después, pruebas como el ADN hallado en la casa donde murió “Kiki” Camarena continúan siendo objeto de debate. Familiares de Matta han insistido en que los procedimientos fueron irregulares, alegando que el hondureño fue víctima de un proceso manchado por la venganza.

Pero para los Estados Unidos, el caso es intocable. La muerte de “Kiki” Camarena sigue siendo considerada “sagrada”, una herida abierta que marcó a generaciones de agentes. Por eso, el nombre de Ramón Matta del Pozo, aun desde la tumba, permanece como un símbolo de cómo un solo hombre logró desafiar —y enfurecer— a todo un imperio.