Cerca del 40% de las niñas en América Latina y el Caribe ha sido víctima de violencia física o sexual antes de cumplir 18 años. Así lo indican datos de UNICEF y la CEPAL, que exponen una realidad alarmante: las niñas con menos recursos y menor acceso a educación enfrentan un riesgo mucho mayor de sufrir abusos, exclusión y vulneraciones a sus derechos fundamentales.

Los estudios revelan que, en contextos vulnerables, las niñas tienen hasta un 90% más de probabilidades de quedar fuera del sistema educativo, ingresar prematuramente al matrimonio o ser víctimas de explotación sexual. En muchos casos, las consecuencias de esta violencia se arrastran hasta la vida adulta, con daños profundos en la salud mental, el bienestar físico y la capacidad de desarrollo.
En países como Argentina, las cifras reflejan este panorama. Según UNICEF, más del 10% de las mujeres de entre 15 y 49 años sufrió abuso sexual durante la infancia. Las estadísticas oficiales también muestran que la mayoría de las víctimas de violencia familiar o sexual son mujeres, y en el caso de menores, la proporción de niñas afectadas es significativamente mayor.
A esto se suma el preocupante aumento de enfermedades de transmisión sexual como la sífilis y el VIH en mujeres jóvenes, muchas de ellas sin diagnóstico ni acceso a servicios de salud sexual. La desigualdad también se expresa en las oportunidades: las adolescentes enfrentan el doble de riesgo que los varones de quedar fuera del empleo, la educación o la formación profesional.

Expertos insisten en la urgencia de crear entornos seguros, promover la equidad de género y transformar las estructuras sociales que perpetúan la violencia. “No hablamos solo de cifras. Hablamos de vidas concretas, de niñas concretas, cuyas heridas dejan marcas que persisten hasta la adultez”, advirtió la psicóloga Sonia Almada, especialista en infancias.
Organizaciones como AIDS Healthcare Foundation (AHF) subrayan la necesidad de políticas públicas inclusivas que garanticen acceso a la educación, salud sexual y reproductiva, protección efectiva y justicia social. Además, resaltan la importancia de trabajar con niñas y también con varones, para erradicar prácticas machistas y construir relaciones más igualitarias desde la infancia.
Las imágenes que circulan en redes, medios y publicidad también generan impactos negativos: ansiedad, baja autoestima, trastornos alimentarios y una relación dañada con el propio cuerpo. Esta violencia simbólica, muchas veces ignorada, alimenta una cultura de discriminación y cosificación desde edades muy tempranas.
La deuda con las niñas sigue siendo profunda. Garantizar su derecho a crecer libres de violencia no es solo una cuestión de justicia social: es un imperativo para construir sociedades más sanas, seguras y equitativas.


